Mis queridos amigos...

Al iniciar esta carta, encomiendo a la Divina Providencia, que ejecuta un plan eterno de sabiduría y amor para guiar los caminos de la sociedad humana, que ilumine mis palabras.

Atiendo la petición de Omar con sumo agradecimiento, por su bondad, por la oportunidad que me brinda de desahogarme y compartir, en el seno de, sobre todo, una Comunidad Católica, que es la Fe que todos los católicos profesamos, con independencia de nuestra orientación sexual. En segundo término, pero íntimamente ligado a lo anterior, a compartir mi vivencia en una Comunidad Católica Homosexual. Y en mi caso soy consciente de que mis vivencias pueden ser muy difíciles de entender, incluso en una Comunidad Católica, incluso en una Comunidad Católica Homosexual, pues siempre me he sentido mujer encerrada en un cuerpo de varón, y he tenido que esconder no sólo mi homosexualidad, sino también mi femineidad o, si lo entienden más apropiado, mi afeminamiento. Así, y porque sé que mi caso particular podría interferir negativamente, de algún modo, en nuestra Comunidad, con el protagonismo de una circunstancia tan radicalmente personal, no les hablaré hoy tanto de mí como de nosotros y de nosotras. Más adelante, si Ustedes lo consideran necesario, o me invitan a hacerlo, por supuesto compartiré mis recuerdos e ilusiones, mis heridas y mis sueños. La belleza de compartir no es la virtud de dar tan sólo lo mejor que se tiene; para mí, compartir, es darlo todo, un estado ideal de transparencia en el que se llora, cuando estamos tristes, se ríe cuando nos sentimos alegres, y nos ayudamos en las lágrimas, y nos regocijamos del bien.

No quisiera, al menos en este primer testimonio, pues, hablar tanto de mi vida como de la vida que todos o muchos de Ustedes, homosexuales y lesbianas, hemos gozado o sufrido; de la íntima, terrible y preciosa experiencia de aspirar al Amor, en el seno del santo matrimonio católico, como comunión de almas y de vidas, basado en el respeto mutuo, pero con una persona de nuestro mismo sexo. Creo que todas y todos los creyentes que viven esta experiencia en la soledad de sus corazones, hemos sentido un doloroso desgarro interior: que nuestra Santa Madre Iglesia no nos acepta tal y como Dios nos quiso. Y Dios nos quiso así, jamás les quepa duda. Siéntanse tan humildes como fortalecidos por esa realidad incuestionable. Ni Su Santidad, hoy por hoy, lo niega. Somos hijos e hijas de Dios. Sus servidores. Jamás, amigos homosexuales, amigas lesbianas, lo olviden nunca. Es la Cruz que Dios ha dispuesto sobre nuestros hombros. Pero se han producido sutiles avances en la doctrina, sin duda insuficientes, pero avances, que nos acercan. La Iglesia es un cuerpo vivo y la Iglesia está formada por todos los creyentes, jamás se dijo ni escribió que lo fuera por todos los creyentes heterosexuales. Fuimos unidos juntos en un solo cuerpo por el Espíritu Santo.

Nos rechazaron en alguna ocasión. Nos humillaron alguna vez. Nos hicieron sentir fuera de lo que llevábamos tan adentro. Conocemos la soledad, el dolor y el miedo. Pero ahora estamos en Comunidad, en Nuestra Comunidad, en una Comunidad Católica. Ayudémonos. Entreguémonos a esta pequeña aldea, a esta pequeña, pero también Iglesia, con nuestros testimonios, nuestros comentarios, nuestras ideas... yo he tardado casi cuarenta años en aceptarme como persona y como homosexual, pero la Fe, al final, siempre me sostuvo: la fe y la oración.

Debo terminar por hoy. Mis obligaciones laborales y familiares me han impedido escribir más que esta breve nota. A partir de ahora, quedo a su entera disposición para lo que precisen.

Sencillamente, gracias. Gracias por amar. Gracias por rezar. Gracias por intentar mantenerse firmes pese a todas las dificultades en la Gracia de Dios.

Gracias a Dios por existir, y a la Santísima Virgen María, Madre de Cristo.

Les llevo en mis oraciones.

María

España